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El libro de las ocasiones.
Una conversación con Gina Sarraceni
Fabio Morábito
Gina Sarraceni: ¿Cómo defi nirías tu literatura y tu propuesta
literaria?
Fabio Morábito: Aborrezco la expresión “propuesta”,
lo mismo que la de “proyecto”. Son coartadas para
escribir mal o a medias. Han sido las culpables de que
tanta gente que no tiene nada que decir, se anime a hacerlo,
con resultados deplorables. No tengo nada que
proponerle al lector, sólo que me escuche durante el
tiempo que dure lo que he escrito, esperando que no se
arrepienta.
G. S.:¿Con qué escritores –poetas y narradores– de
la literatura latinoamericana actual te sientes emparentado?
F. M.: Últimamente he descubierto a Saer, que no
conocía y me parece un escritor admirable. El entenado
es la novela más emocionante que he leído en los últimos
años.
G. S.: ¿Qué ha signifi cado para tu trabajo literario el
hecho de escribir en una lengua de adopción?
F. M.: Bueno, yo siempre quise escribir, era lo único
que tenía claro de niño, cuando vivía en Italia (en Egipto
sólo viví los primeros tres años de mi vida) y, de hecho,
escribía versos y cuentos; he seguido haciéndolo, sólo
que ya no en italiano sino en español. Creo pues que,
de haber seguido en Italia, habría terminado por hacer
lo mismo que estoy haciendo ahora, pero quizá habría
sido otro tipo de escritor. Tengo la sensación de que escribir
en una lengua de adopción agudiza el sentido del
descubrimiento interior, atenúa el peso de la tradición,
del instrumento, para acentuar la parte psíquica y comunicativa.
Es una ráfaga de libertad que hay que saber
aprovechar, pero llena de peligros.
G. S.: La traducción, el pasar de una lengua a otra
en tu experiencia personal y literaria, además de ser una
temática a la que aludes en tu poesía y narrativa es también
un ámbito de tu trabajo literario. Pareciera que toda
tu literatura es una gran traducción. ¿Qué signifi ca para
Mórabito poeta, narrador y traductor, traducir? ¿Son tres
formas de traducir diferentes?
F. M.: Sí, me gusta verme como un traductor en
todo lo que hago. La traducción se identifi ca a la inspiración,
aunque parezca todo lo contrario. El ser inspirado
no es totalmente dueño de lo que escribe; es como si
repitiera algo que le soplan al oído, del cual no es enteramente
responsable. De ahí la imagen clásica de la
musa que dicta al poeta. Por su parte, el traductor trabaja
en las mismas condiciones, presta su ser para que
se realice una determinada forma y se adelgaza lo más
que puede para que fluya el sentido. Ahora sabemos
que ese adelgazamiento es aparente, que la traducción
imprime un sello inconfundible en lo que toca, pero me
sigue seduciendo la imagen del artista como un simple
eslabón, un vehículo que presta sus aptitudes para que
cuaje algo que ni él mismo comprende bien. Por eso,
dicho con todo respeto, me aburren las entrevistas, pues
creo que no hay nada más que decir después de que
uno se ha adelgazado lo más posible, hasta casi no existir,
para lograr pasar la estafeta de la forma.
G. S.: Muchos de tus poemas y tus cuentos rescatan
las huellas, los restos, los “estropicios” de determinados
acontecimientos o experiencias. Me parece reconocer la
presencia de la memoria en la cotidianidad más inmediata,
en la experiencia del día a día como si el pasado y
el presente fueran complementarios. ¿Qué es para ti la
memoria y qué función tiene en tu obra?
F. M.: La memoria es todo. Y con la memoria se
relaciona algo de lo que muy pocos hablan, ignoro el
por qué, que es la imitación. Somos animales eminentemente
imitadores; lo que significa, en esencia, que no
sabemos nada directamente sino por experiencia mediada,
a través de otros a quienes imitamos todo el tiempo,
desde niños hasta que morimos. Esto tiene que ver con
la memoria en el sentido de que aquello que de verdad
vemos y sabemos, lo vemos y sabemos la segunda vez,
nunca la primera. Este es un motivo con el que me topé
a cada rato en mi novela: el conocimiento que regresa,
la experiencia que, vuelta a vivir, cobra por fin todo su
peso y toda su importancia. Incluso habría que preguntarse
si el género mismo de la novela no descansa enteramente
en este principio de la segunda vez.
G. S.: Se acaba de publicar tu primera novela que, a
su vez, es tu libro más reciente. ¿Qué te motivó a escribir
un texto donde el cementerio y los muertos abren paso
a la vida y al deseo?
F. M.: Emilio, el protagonista de mi novela, es un
niño de doce años que no tiene amigos y cuyo único
pasatiempo es aprender de memoria los nombres de los
muertos de un cementerio. Tiene una memoria privilegiada,
pero fuera de eso es un niño como tantos. Conoce
en el cementerio a una mujer madura, Eurídice, que
acaba de perder a su único hijo y, entre ellos, comienza
una relación intensa, donde juegan un papel igual de
importante el sexo como los nombres de los muertos. En
todo rito de paso el sexo y la muerte se alían para crear
ese paréntesis tan particular en que dejamos de ser lo
que éramos y nos asomamos temerosos a una planicie
desconocida.
G. S.: Tu nueva novela tiene su germen en algunos
poemas y cuentos anteriores. ¿Podría pensarse como el
punto de llegada de una poética donde las “ocasiones”
que brinda la cotidianidad se conjugan para mostrar el
misterio impredecible de la vida y su capacidad de asombrarnos
y hasta hacernos reír?
F. M.: Tardé quince años en terminar esta novela.
Escribí otros libros en ese lapso y puedo decir incluso
que durante ese tiempo la novela nunca representó mi
tarea principal; sin embargo, a fin de cuentas, es el libro
que me ha mantenido más ocupado que cualquier otro.
Y creo que tardé tanto en escribirlo porque intenté que
los acontecimientos que lo componen se vincularan de
la manera más intrínseca posible. En esto seguí una disciplina
mental que me viene de la poesía, que incluso
es parte esencial de toda poesía: cada verso dicta el siguiente
y no debe haber arbitrariedad entre uno y otro,
como si todo obedeciera a un plan predeterminado que
el propio autor desconoce, pero intuye. Quise que el libro
fuera compacto e impenetrable como un poema, todo
él deducible de la primera frase, sin fisuras ni huecos.
Y con ello obedecí, en efecto, a una poética semejante
a la de Montale, a una poética de las “ocasiones”, entendida
ésta (si es que he comprendido el propósito de
Montale) en el sentido de que ciertos episodios o acontecimientos
de la vida se pueden convertir, aun siendo
aparentemente poco significativos, en el disparador de
una pequeña revolución interior, de un esclarecimiento
inesperado, convocando en seguida a otros episodios y
acontecimientos aparentemente desligados y remotos.
G. S.: Tu escritura, tanto poética como narrativa,
incursiona en temas muy distintos: la cotidianidad, la
muerte, la memoria, las relaciones humanas, la ciudad,
la familia, la identidad, la escritura misma. Pero lo que
más llama la atención es el modo cómo pones en escena
estos temas, la arquitectura que los arma y sostiene.
F. M.: Hablas de arquitectura, pero en realidad pienso
que el armado de mi novela no es de tipo arquitectónico
sino subterráneo, más parecido a un hormiguero
que a una construcción de varios pisos. Me dejé guiar
por una vinculación más propia de túneles que de capas
superpuestas, y eso explica las repeticiones y el regreso
de ciertos motivos, como en una sonata. Creo que un
modelo como éste, más propio de la música, tiene una
ventaja sobre uno arquitectónico o plástico: permite trabajar
con un menor número de elementos, hábilmente
distribuidos; y otra, más importante: tiende a la disolución
de las fronteras morales, porque todo aspira a
disolverse y unificarse. Así, los personajes se contaminan
entre ellos, los diferentes discursos se entrecruzan con
más facilidad y no hay verdadera oposición entre el humor
y la desgracia, entre el erotismo y la inocencia, entre
la niñez y el desencanto. Al fin y al cabo, creo que esta
mezcla es el tema fundamental de mi libro.

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