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Steiner leyendo un cómic. Frente a la Historia, la historieta
David Medina Portillo
“Hace poco leí una versión de Hamlet en formato de
cómic y me resultó brillante. Redujeron el texto a los
momentos esenciales, y seguro que Shakespeare habría
dicho: ‘No está mal, mi texto era demasiado largo’.”
El párrafo parece el chiste de algún vecino ingenioso,
de esos que se presumen conscientes, orgullosamente
conscientes de que un libro no sirve para nada. Sin
embargo, se trata de una cita de Steiner, entrevistado
por Juan Cruz para El País Semanal con el pretexto de
uno de sus títulos más recientes: Los libros que nunca
he escrito.
En lo personal me gusta el espíritu que anima a este
hombre, cada vez más polémico conforme se acerca a
cumplir sus ochenta años. Naturalmente, Los libros que
nunca he escrito es una continuación de Errata en la medida
que sus ensayos se entrecruzan con las memorias,
el diario y el relato. Una característica con la que muchos
nos entendemos aunque otros se aparten con verdadero
escándalo. En efecto, Steiner levanta ronchas, particularmente
entre críticos y académicos, incómodos con el
lugar que –dice– les corresponde: “un profesor es un
profesor. [...] Los escritores no nos necesitan para llegar
a su público.” Por su parte, entre algunos de sus colegas
de Cambridge su obra es entendida (“si es que me consideran
de algún modo”) como impresionismo arcaico
o, peor, al nivel de curiosidades como la heráldica.
No obstante, confi eso que aquella lectura de Hamlet
transfi gurado en cómic no deja de inquietarme. Y
no porque crea que una de las mentes más lúcidas de
nuestros días se degrade con veleidad tan vil, traicionando
los reclamos nobles del pensamiento. (Hace poco
Baricco nos recordó a Benjamin redactando algo sobre
uno de los dibujos animados de mayor prosapia: Mickey
Mouse). Me intriga, más bien, porque con ese aparente
desliz Steiner resume un tema al que ha dedicado ya
muchas horas: la desaparición de la cultura sostenida
sobre las bases del conocimiento y la reflexión. Decía
Gombrowicz en un pasaje de su Diario: “la literatura es
una dama de costumbres severas y no debe pellizcarse
por los rincones. El rasgo característico de la literatura
es la dureza. Incluso la literatura que sonríe bondadosamente
al lector es resultado de un duro desarrollo de
su creador. Y la literatura debe tender a agudizar la vida
espiritual y no a tutelar semejantes muestras de escritura
marginal”. Pero ¿qué sucede si esta valoración de la
profundidad, el rigor y el esfuerzo, es decir, la exaltación
de la tradición y la disciplina –sin duda ardua– por hacerse
de ella, carece del debido respeto aun por parte de
quienes cabría esperar otra cosa? Que la gravedad de
Gombrowicz a mí me resulte espesa y hasta lastimosa
no tiene relevancia; sin embargo, no es lo mismo si Steiner
se desmadeja a carcajadas con un manga entre las
manos a la salida del mall. Ya no se trata, evidentemente,
de la indigencia intelectual de ningún republicano de
cepa, ni de la naturalidad analfabeta del nerd razonablemente
inflamado gracias a su aplastante preeminencia
sobre los universos de la web. Más bien al contrario: si
la inteligencia que ha hecho convivir a la literatura comparada
y la filosofía del lenguaje, la crítica de la cultura
y la historia de las ideas, la gnosis y la historia, la erudición
multilingüe y la refinada melomanía, etc., etc.,
digo, si un pensamiento como el de Steiner se aparta del
ceremonioso consenso sobre el espíritu es porque algo
severo debe estar pasando. ¿O el cataclismo ya sucedió
y únicamente quienes experimentamos el mundo con
metabolismos de ayer no lo vemos?
Supongo que apenas si me hago eco de la palabrería
de otros... Quiero decir, quizá sólo estoy transcribiendo
la añeja estática sobre la muerte del arte que el gurú
de la dialéctica nos asestó en el siglo XIX y que, actualizada
a las estupefacciones del día, las erinias del fin de
los tiempos no se cansan de repetir. Para los doctos de
la filosofía hegeliana, en efecto, el arte dejó de recibir la
señal del espíritu absoluto y, en esta medida, se colocó
en posición de inferioridad frente a la religión y la filosofía.
De modo que a las expresiones artísticas de nuestros
días ya no les corresponden la verdad o su manifestación
sensible, la belleza. Y ni quien discuta: lo nuestro
ya sólo pueden ser las gesticulaciones y vestuarios de la
parodia o el alto vacío de la autorreferencia autista. En
este sentido, dicen que los miembros más avispados de
la vanguardia adivinaron lo que vendría, a saber, que las
ideas y conceptos mutarían en religión dando pie a las
ideologías que infestaron el siglo XX, con las consecuencias
que todos sabemos. Y es cierto, la iconoclastia de
Tzara –quien extraía sus versos (es un decir) de una bolsa
con los recortes del periódico matutino–, no fue otra
cosa que un temprano y provocador sainete frente a las
tiendas del humanismo romántico e ilustrado, cuya proyección
natural desembocó en la guerra. La idea del arte
había nacido bajo los templos de la razón y enseguida,
ya de la mano de la Historia, fue exaltada a dimensiones
sobrehumanas por la espiritualidad romántica. Tras
semejante genealogía, ¿podía el arte alegar demencia,
exculpándose? Cito una entrevista de 1950 para la radio
francesa en donde Tzara se expone mejor: “Estábamos
resueltamente contra la guerra [habla de 1916, año de
aparición de Dadá], sin por ello caer en los fáciles repliegues
del pacifismo utópico. Sabíamos que sólo se podía
suprimir a aquella extirpando sus raíces. La impaciencia
de vivir era grande y el disgusto se hacía extensivo a todas
las formas de la civilización llamada moderna: a sus
mismas bases, a su lógica y a su lenguaje. La rebelión
asumía modos en los que lo grotesco y lo absurdo superaban
largamente los valores estéticos”.
Saber que los arrebatos fáusticos perdieron legitimidad
tras la racionalizada brutalidad de la segunda guerra
pueden llevarnos a entender por qué las rutinas y delirios
de la voluntad nos parecen cada vez más ajenos. Quién
ignora, en consecuencia, que no existe ya un reconocimiento
unánime sobre los atributos de la autenticidad,
la hondura y la originalidad que, junto con la memoria,
configuran los puntos cardinales de la experiencia interior
del alma occidental. Del mismo modo, hace rato que
vivimos inmersos en un contexto en el que no hay cómo
regresar al mundo a quien siempre se afana. Porque no
hay duda: el ocio y la pereza, según palabras de Eugenio
Trías, “pueden ser más reveladores de la proeza del arte
que la incansable fecundidad: Marcel Duchamp puede
dar así jaque al propio Picasso”. En este sentido, Steiner
leyendo HamletM.u< en su formato de cómic es una mueca
amarga e irónica a la vez. El gesto de alguien capaz de
afirmar que la cultura y el humanismo no son enteramente
inocentes ni positivos, señalando, de paso, aquel
diagnóstico de Benjamin en el sentido de que toda gran
obra descansa sobre una montaña de inhumanidad.
Observado desde este ángulo, el fenómeno posee
sus beneficios indiscutibles; ahora que si le movemos un
poco, las cosas ya no se ven tan bien. Que Duchamp sea
el santo patrono de la pereza resulta encantador para
quienes aún creen en los poderes de negación del arte.
Sin embargo, cuando esta lasitud se traslada a ámbitos
más bien cotidianos y, abandonando toda intención radical,
las ocurrencias de Tzara se transforman en el horizonte
de todos los días, ¿por qué ponemos otra cara?
¿La irredenta banalidad no posee el mismo significado
aquí que allá? Cualquiera sabe que hasta la fodonguez
tiene niveles y, en esta medida, el ocio de Dios puede
engendrar imágenes sublimes; el nuestro, en cambio,
quizá alguna que otra lagartija... No obstante, el tema
es otro y algo me dice que la muerte del arte tan celebrada
por la vanguardia y la contracultura de ayer se ha
vuelto una realidad de tal modo tácita que resulta una
ñoñez hablar de ella –un asunto demasiado intelectual.
Por su lado y según las opiniones de los especialistas, la
insustancialidad de una obra responde a la franca imbecilidad
o bien a un mundo peor: el del entretenimiento,
otra de las bestias negras de la inconciencia. Pero me
pregunto si gente como Stephenie Meyer, Joss Whedon
o incluso Ruiz Zafón –tres ejemplos cualquiera– no lo
saben de algún modo. ¿Qué nos hace creer que ellos
o los nativos de la web no evitan, precisamente, ir más
allá de la superficie? Ahí donde algunos pagamos por
el reconocimiento o la posibilidad de otra dimensión de
nuestra vida y experiencia interiores, ¿por qué nos resulta
inaceptable que aquellos reaccionen como si cayeran
en el nido de una serpiente?

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