Su Navegador no soporta Flash 7.0
 
 
 

La íntima felicidad del coronel Robles

Gabriela Cano


Esta es la historia de la transgeneración, radical y permanente, de una joven de origen rural ocurrida durante la Revolución Mexicana. A partir de su incorporación a la guerra civil, Amelio Robles (1889-1984), quien antes se llamó Amelia Robles, se construyó a sí mismo una imagen corporal masculina y adoptó una identidad social y subjetiva de varón recibiendo la aceptación de sus compañeros de armas. Aunque por momentos fue victima de agresiones físicas y verbales a causa su identidad de género, finalmente Amelio Robles obtuvo el respeto de los guerrilleros zapatista de su región, y por sus méritos en campaña ostentó el grado de coronel del ejército popular de Emiliano Zapata. Muchos años después (en 1976), durante el gobierno de Luis Echeverría, Robles recibió de la Secretaría de la Defensa Nacional, la máxima autoridad militar del país, la condecoración de Veterano de la Revolución. No recibió el beneficio de una pensión económica pero tuvo la satisfacción –la íntima felicidad– de que el reconocimiento fuera por su participación en la etapa armada de la revolución como Amelio Robles, en masculino. El certificado de veterano y los documentos que Robles presentó a la Secretaría de la Defensa Nacional se expidieron todos en masculino, incluidas las cartas de recomendación de los gobernadores de Guerrero y Morelos, quienes estaban al tanto de su peculiar identidad.

La masculinización de Robles ocurrió en medio de la guerra, en donde se condujo con la valentía y el arrojo indispensables, cualidades culturalmente codificadas como masculinas. La transgeneración se consolidó en el período posrevolucionario, cuando Robles vivió dedicado al trabajo de campo y estuvo activo en las políticas locales de tipo corporativo. Logró ser una persona bien integrada a su comunidad y hasta donó el terreno para la escuela primaria del pueblo, la que lleva su nombre.

Robles se esculpió a sí mismo la identidad y el cuerpo deseado mediante los recursos culturales a su alcance en un poblado rural a principios del siglo XX. Tales recursos incluían la pose, el gesto, el atuendo, la fotografía de estudio y algunos conceptos de la sexología de principios del siglo que se divulgaron a través de prensa.

Su eficaz masculinidad llamó la atención de documentalistas y productores culturales, quienes registraron y narraron su versión de la historia y de su identidad a través de distintos medios: crónica periodística, fotografía documental, música popular, novela, cine y hasta danza moderna. Las recreaciones de la historia de Robles son una especie de prueba Rosharsh que habla más de las ansiedades en torno al género y a la nación de los creadores que de la personalidad histórica de Robles. El antiguo zapatista vivió siempre al margen de los espacios de producción cultural y artística y probablemente ni siquiera se llegó a enterar de la mayor parte de obras que en su nombre exaltaban el nacionalismo posrevolucionario al tiempo que reivindicaban la contribución de las mujeres a la historia y a la sociedad. En esta segunda parte, el argumento central es que concepciones fijas y escencialistas de la identidad de género, parte de los discursos nacionalistas del siglo veinte, invisibilizan la maleabilidad de las identidades de género.

La terminología actual clasificaría a Amelio Robles como una persona transgénero, una forma de identifi- cación subjetiva que lleva a la adopción de la apariencia corporal y del papel social de género asignado al sexo opuesto, consecuencia de un irresistible rechazo a la anatomía corporal de nacimiento. Distingo la transgeneración de la transexualidad o transexualismo, término que se refiere al cambio de identidad de género mediante la utilización de tecnologías que alteran de manera permanente la anatomía y la fisiología de las personas y que incluyen las intervenciones quirúrgicas y la utilización de hormonas. Estas tecnologías se utilizaron desde los años de la Guerra Fría; el caso más conocido fue es el de Christian Joregnesen, un soldado del ejército estadunidense que se convirtió en una explosiva rubia cinematográfica en 1952 mediante una exitosa y publicitada intervención quirúrgica.

Las personas con identidad transgénero a veces son vistas como símbolos positivos de una trasgresión de las normas sociales de género pero con mayor frecuencia sus construcciones identitarias se perciben como manifestaciones inauténticas de los códigos culturales de género, que refuerzan los estereotipos conservadores de los masculino y lo femenino. Sin embargo, considera que los procesos de transgeneración no deben verse como impugnaciones o afirmaciones propositivas de una ideología de género, sino como una manera tan legítima como cualquier otra de articular un modo de ser y de sentirse, mediante los recursos culturales al alcance y dentro de los debates culturales en torno al significado y las representaciones de lo masculino y lo femenino. En el caso de Robles, dicho proceso entramado en los confl ictos sociales, las tensiones entre lo rural y lo urbano, la circulación transnacional de conceptos sexológicos y la construcción de la memoria de la Revolución mexicana.

Distingo la eficaz y perdurable transgeneración de Amelio Robles del travestismo estratégico –la adopción de vestimenta masculina para hacerse pasar como varón– al que algunas mujeres recurrieron durante el movimiento armado ya sea con el propósito de protegerse de la violencia sexual de la guerra, o bien, con el fin de participar en actividades militares y ser reconocidas como soldados y no como soldaderas, mujeres rurales que desde las guerras del siglo XIX marcharon en la retaguardia de los ejércitos haciéndose cargo del abasto de las tropas y la atención a los enfermos, y que en ocasiones desempeñaban tareas de mensajería y contrabando de armas y víveres, y sólo excepcionalmente empuñaban las armas. Es posible que semejantes consideraciones prácticas estuvieran presentes en Robles, pero aquí sostengo que tanto su travestismo como su radical cambio de identidad sexual no obedecen a una necesidad pragmática de protección y reconocimiento militar, sino que son fruto de un deseo vital profundo, constitutivo de su identidad; un deseo de negar su anatomía corporal de nacimiento y masculinizarse de manera radical.

Al término de la guerra civil y estando ya retirado del ejército, Amelio Robles conservó tanto su imagen corporal como su identificación subjetiva y su personalidad social masculina, a diferencia de las mujeres transvestidas que, concluida la etapa armada, volvieron a vestir faldas y a desempeñar papeles sociales y familiares femeninos.

El coronel Robles encarna el ideal del soldado revolucionario macho: es valiente y arrojado; tiene capacidad de responder de manera inmediata y violenta a las agresiones; maneja con maestría las armas y los caballos y sostiene relaciones sentimentales con mujeres, reproduciendo la polaridad de género de los roles femenino y masculino. Lo paradójico del caso es que la condición transgénero de Amelio Robles pone en entredicho la naturalidad atribuida a las asignaciones sociales de género y cuestiona, en particular, los ideales machistas que Amelio Robles necesitó emular a toda costa para sostener su masculinidad. Así, la historia de Robles, a un mismo tiempo, subvierte y fortalece las normas culturales de género.

El reconocimiento oficial de Robles como Veterano de la Revolución se vincula con la glorificación de las cualidades masculinas de violencia y alarde de fuerza de los héroes revolucionarios –Villa, Zapata– en el discurso conmemorativo de la Revolución Mexicana. Por cierto, la exaltación de las cualidades viriles de los revolucionarios, tanto en la memoria popular como en el discurso ofi- cial, refuerza la definición masculina del ciudadano que prevaleció en México durante buena parte del siglo XX.

Por su parte, Robles construyó su identidad de género mediante un uso creativo de la pose, el vestuario y de la fotografía y la prensa, medios de comunicación modernos que Robles supo aprovechar a su favor. Los retratos de estudio fueron captados por fotógrafos profesionales, sin embargo deben considerarse como autorretratos en los que el sujeto impuso en la foto su imagen corporal deseada, con o sin la complicidad del profesional de la lente.

El propósito de los retratos era fijar y legitimar una identidad social distinguida mediante el uso de elementos decorativos del estudio como el telón de fondo, el mobiliario y otros objetos considerados signos de elegancia y distinción social; en este caso, el atuendo y el escenografía presenten a Robles como un joven urbano, quizás cosmopolita, ajeno al mundo rural en que siempre vivió y a las asignación de genero que recibió al nacer y que luego rechazó.

La validación de la identidad de Robles fue posible en parte por aceptación de las cualidades masculinas mostradas en la guerra; al mismo tiempo, la divulgación de algunos conceptos sexológicos de principios de siglo también contribuyó en alguna mediada al afianzamiento de su identidad transgénero. Especial importancia tuvo, en mi opinión, el concepto de inversión del sexólogo Havellock Ellis que alcanzó circulación transnacional en el período de entreguerras. Un reportaje sobre Robles publicado en un periódico de circulación nacional presenta una visión compasiva de la masculinidad de Robles a partir del concepto de inversión sexual, que implica que la identidad transgénero es un hecho de la naturaleza y no una falla moral del sujeto. Al mismo tiempo, los elemento sensacionalistas de la nota, dieron a Robles una celebridad que legitimó su peculiar identidad trangenérica. Por algo Robles conservó durante toda su vida el recorte de periódico del reportaje que contaba su historia.

A diferencia de aquellos análisis que ponen el acento en el poder del científico y del fotógrafo para definir al sujeto, el mío destaca la capacidad de sujetos subalternos como Robles para crear imágenes de sí mismos aún sin tener el control de la cámara y para aprovechar la popularidad de la sexología para validar su masculinidad en el contexto hipervirilizado de la posrevolución.

Por su eficacia y perdurabilidad, o pese a ella, la transgeneración de Amelio Robles fue objeto de una dura y exitosa impugnación emprendida a partir de una visión escencialista de la diferencia entre los sexos. Tal impugnación se manifestó en obras sobre la Revolución mexicana que, desde una lógica binaria de género, exaltan la figura de la coronela feminizada como complemento del héroe revolucionario macho. La figura de la coronela feminizada (y de la Adelita) es consecuencia de un comprensible y necesario afán de reconocer lo que debería ser obvio: que las mujeres son sujetos históricos capaces de hacer contribuciones significativas a la vida cívica y a todos aspectos de la historia. Ese afán reivindicativo atribuye cualidades fijas a las categorías de mujer y hombre y, por lo tanto, generalmente no puede reconocer la plasticidad de las construcciones de género ni las expresiones identitarias trans como la de Robles que desde esta perspectiva se vuelven invisibles.


regresar / back

 
 
© 2007 All Rights Reserved Literal Publishing. Site Powered by: Portal Networks - Internet Based Solutions